Viaje a la esperanza

Viaje a la esperanza

Talca, Chile

Alex Watts ha tenido la oportunidad de ser voluntario por un año en Argentina como miembro del equipo de Alpha. Él actualmente labora y vive en Córdoba – la segunda ciudad más importante del país y a aproximadamente nueve horas en autobús de Buenos Aires. 

El diciembre pasado fue invitado a emprender una nueva aventura, la cual lo llevaría hasta Chile y así comenzar un viaje que a continuación nos relatará.

Comenzando la aventura.

Al estar conversando con José Henríquez González te transportas a la mina de cobre y oro de San José cerca de Copiapó en Chile, en donde, en la tarde del jueves 5 agosto del 2010, quedó atrapado.

Enterrados bajo tierra durante sesenta y nueve días, a más de 2000 pies de profundidad y a tres millas de la entrada de la mina, treinta y tres mineros incluidos José, se quedaron luchando en contra del hambre y una sed severa, además de un gran cansancio físico y mental. Con muy pocas esperanzas de ser encontrados y sobrevivir.

Este acontecimiento se ha convertido parte de la historia de Chile desde hace cinco años, sin embargo hace un par de meses me encontré en un viaje de treinta y dos horas en autobús para escuchar de primera mano la experiencia que vivió José, quien lo describe como la aventura más increíble de terror, perseverancia y cómo la oración definió y transformó la situación. No es posible imaginar que José pudo no haber estado con nosotros el día de hoy para contarnos su historia.

Un par de días antes del viaje me preguntaron si quería ir de Córdoba Argentina, en donde actualmente estoy establecido, a Chile como traductor para el nuevo proyecto de Alpha Film Series y ayudar en la entrevista de un minero sobreviviente del accidente ocurrido en Copiapó.

Antes de saberlo, y habiendo aceptado la invitación, me encontré abordando un autobús con dirección a la capital chilena junto a mi amigo Ignacio, el fotógrafo del equipo. Estábamos por aventurarnos a conocer al equipo de grabación y a un minero que nunca antes habíamos conocido, en un lugar en el que nunca habíamos estado.

Santiago, la capital de Chile, es una ciudad dinámica. Con enormes montañas cubiertas de nieve que rodea la frontera oriental, lo convierte en uno de los lugares más impresionantes que jamás había visto en América Latina.

Después de un día o dos de aclimatarse a este lugar tan único, conocimos a todo el equipo de grabación y en un minibús nos dirigimos hacia Talca, la ciudad natal de José. Talca se localiza a tres horas en auto de la capital, llevándote a través de viñedos y montañas.

La primera impresión.

La familia González, y me refiero a tíos, primos y abuelos, viven en un conjunto de casas agrupadas a las afueras del norte de Talca. A mi llegada, la primera impresión que tuve de José fue su enorme sonrisa y una genuina calidez con la que recibe e invita a siete extraños a entrar a su hogar. Al entrar a la casa se puede observar una multitud de picos, cascos, placas y medallas, una colección que cualquier museo estaría orgulloso de tener.

Después de una presentación inicial y un delicioso pastel de frutas y máte, una bebida caliente tradicional de Suramérica, José comenzó a explicar cómo este no había sido su primer accidente minero a lo largo de su carrera, pero lo ocurrido en el 2010 fue algo totalmente diferente, este incidente había unido continentes en oración y había cambiado el rumbo de su vida para siempre.

La manera en la que la fe y la oración parecían algo inherente y fundamental para la familia se hizo más evidente cuando José explicaba como había trabajado en las minas.

El experto maestro en perforación nos describió qué ocurrió cuando su familia escuchó las noticias por primera vez cuando sucedió aquella catástrofe. Su nieta veía la televisión en la sala después de clases, cambiando de canales vio lo que había pasado en la mina, ella se encontraba a ocho horas de distancia de Santiago, la capital chilena. Su esposa, Blanca, rápidamente apagó la TV, tomó la mano de su nieta y se arrodillo en el piso de la habitación frontal, sabiendo que la única opción que tenían en ese momento era la oración.

La manera en la que la fe y la oración parecían algo inherente y fundamental para la familia se hizo más evidente cuando José explicaba como había trabajado en las minas por más de treinta y tres años y cómo cada día antes de entrar a las minas le pedía a Dios permanecer con él. El 5 agosto del 2010, no había sido diferente.

Nos hablaba con paciencia y cuidadosamente, juntando sus manos grandes, ásperas en la mesa frente a él, no quería perderse ningún detalle, como si fuera la primera vez que estaba compartiendo su historia.

Empezó a decirnos sobre el duro enfrentamiento mental y espiritual que comprensiblemente tuvo lugar no sólo en el grupo, sino también en su corazón. Se contuvo las lágrimas mientras describía como él nunca perdió la fe estando refugiado a una profundidad de 2,260 pies, y cómo fue, que como grupo, sin importar la fe o religión de cada uno, llegaron a la conclusión lógica de que si Dios no hacía un milagro no habría salida.

La fe con la que José había hablado durante años en tiempos de luz parece tan relevante en la oscuridad de la mina.

Aquel hombre que siempre está sonriendo nos explicó cómo es que se organiza para su oración diaria e intenta dar un buen testimonio. Dos veces al día se reúne en círculo con sus compañeros para orar, ese lugar se vuelve un espacio en el que cada uno de los mineros comparte sus pensamientos y en el que ellos comienzan a pedir a Dios por un milagro.

El grupo de hombres en aquel lugar tenían únicamente provisiones para tres días cuando ocurrió el derrumbe. Con una cuidadosa y disciplinada planificación, lograron racionar la comida por dieciséis días. A lo largo del día diecisiete, ni un momento más tarde, el milagro por cual habían estado orando comenzaba a volverse una realidad.

José explicó como los hombres se dieron cuenta de la maquinaria que los ayudaría a salir. Una de las sondas del equipos de rescate llegó con éxito a dónde se encontraban los mineros, quienes lograron adjuntar una nota declarando, ´Estamos bien en el refugio los 33.´ - Una nota que José, de hecho, tiene enmarcada y colgada en su pared.

Tomó aproximadamente cincuenta y dos días en total antes de que los mineros pudieran volver a ver la luz del sol, pero en ese momento, ellos se mandaban notas, comida, equipo, agua fresca y cosas del hogar a través de tubos de suministros.

De lo que los treinta y tres hombres no estaban conscientes era de toda la comunidad y atención que estaba desarrollándose arriba de ellos en el Campamento Esperanza. Se crearon escuelas para los niños de los mineros y las familias acampaban y comían juntas, pues no querían abandonar a sus seres queridos: hijos, esposas, padres, abuelos o grandes amigos.

Con el paso del tiempo, en el día sesenta y nueve: el 13 de Octubre del 2010, el último minero atrapado, Luis Urzua, fue rescatado. La increíble y exhaustiva prueba había terminado.

Lo que más me llamó la atención fue la manera en la que José constantemente agradecía a Dios a lo largo de toda nuestra conversación – en casi cualquier declaración y oración.
Estaba entusiasmado por tener la oportunidad de compartir conmigo la experiencia que tuvo del amor y la misericordia de Dios, así como el recuento de cómo es que todo lo que pasa es voluntad de Dios – incluyendo los veintidós hombres que se iniciaron a la fe en la oscuridad de la mina.

Cuando sentimos que hemos perdido todo, yo podría decir que siempre tendremos la oración y como realmente podemos ver, la oración funciona.

A los sesenta años José se encuentra retirado; el ya dejó el negocio de la minería pero nunca olvidará la experiencia que vivió hace tiempo atrás. A decir verdad, casi no tiene tiempo para volver a las minas pues su ocupada agenda de conferencias y sus múltiples viajes alrededor del mundo a lo largo de estos cinco años se lo impide.

José no viaja solo, sino junto a su amigo, el pastor y traductor el Reverendo Alfred Cooper. Alfred, ex capellán del presidente Chileno, nos dijo cómo la oración no era sólo una parte central de la vida en la mina, sino también arriba en el palacio presidencial, donde se reunían para orar con el presidente tan pronto se enteraron de la noticia de que la mina de San José se había derrumbado.

Durante nuestra estadía en Chile descubrimos el gran impacto que los mineros han tenido en su país. Tal vez no sean tan conocidos individualmente, pero como grupo son igual de famosos como su equipo nacional de fútbol. Claramente se trata de una población que fue afectada por el acontecimiento de los mineros y por su escape ante tal tragedia.

Voy a terminar con una declaración simple pero potente que José nos compartió, y que se ha quedado conmigo desde entonces: 'Cuando sentimos que hemos perdido todo, yo podría decir que siempre tendremos la oración y como realmente podemos ver, la oración funciona.'

Nota: puedes conocer más sobre la historia de José en Alpha: La Serie.

Súmate a la conversación en #AlphaFilmSeries
Twitter: @alphalatam 

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